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Ana María Abad García 

La crisis de los cuarenta nos sobrevino a mi marido y a mí, abogados de éxito y prestigio, de manera ciertamente insospechada: un buen día llegó a nuestros oídos la penosa situación en que se encontraba el Parque Natural que solíamos visitar de recién casados.
Tras una urgente deliberación, concluimos que era nuestra responsabilidad hacernos cargo, y cambiamos la seguridad de nuestra profesión por la diversidad de especies vegetales y animales que requerían de nuestros servicios altruistas, ya que no jurídicos.
Desde entonces vivimos aislados de pleitos y litigios, vigilando el ramoneo de los ciervos, los correteos de las ardillas y el vuelo de las águilas.
Y cuando me da por añorar las confrontaciones con el fiscal, voy en busca de un viejo lobo gris con una pata rota que se le da un aire, y mantengo con él un soliloquio que me ayuda a fortalecer mi decisión.

 

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