Un amargo bailarín de tango

Paloma Gandía Vicedo · Alcoy (ALicante) 

Bailar tangos era la pasión del vendedor de ladrillos de la calle Cascarrosa. Todas las tardes cerraba el inventario del pequeño establecimiento que regulaba, y, orgulloso de las ganancias que recibía, se dirigía felizmente al club de tango de su localidad. Allí danzaba días y noches, hasta que conoció a la argentina Ivonne. Ella le enamoró con su humor, su vestido rojo pasión y su enigmática mirada. Sin embargo, no intuyó que tras el cuerpo encantador de la bailarina se ocultaba el rostro severo de una firme abogada, que con seducciones atrajo al hombre hacia ella. En la cama, Ivonne le retrató la cruda realidad: estaba acusado por su antiguo socio, que además adjudicaba pruebas de los fraudes con que Ramón vendía sus ladrillos. Entre lágrimas, no tuvo más remedio que firmar una cédula citándole a juicio el día 23. A posteriori, olvidó cómo bailar.

 

 

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