PATRONO

Fernando Pascual Bravo · Madrid 

Aquel magnífico, concienzudo y reservado abogado sufría cuando le señalaban una vista pública. El juicio oral era para él sospecha y seguridad de perder la concentración que demostraba en los trámites escritos. La exhibición de oratoria no iba con él. O lo superaba o tendría que renunciar a esta faceta profesional. Resuelto a acabar con dicho problema, decidido a habilitar su profesionalidad y oficio, viajó a Praga, llegó al Puente de Carlos y se arrodilló ante la estatua de San Juan Nepomuceno. De hinojos, pasó horas y horas. Sus pupilas quedaron fijas en dicho Santo, al que rezó, suplicó, lloró y prometió… hasta que la lluvia sustituyó al sol y, calado hasta los huesos, llamó la atención de la Policía y viandantes. Los policías trataron de convencerle de abandonar lugar y postura. Se negó, protestó y se justificó: “San Raimundo de Peñafort no me ayuda, cambio de Patrono”.

 

 

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