Contén la respiración

Vanesa Martín Hernández · La Laguna. Tenerife 

En el reservado mi concentración era máxima, unas gotas de sudor me bajaban por la frente. Estaba delante de un hombre que podía ser capaz de cualquier cosa. Su mirada me asustaba, la pupila totalmente dilata fija en mí. Unos grandes cercos negruzcos en su ropa reflejaban la tragedia. La policía se había quedado fuera del calabozo. Tenía la sospecha de que ante mí, estaba el hombre que había asestado cuarenta puñaladas a su esposa. Un escalofrío me subió por la espalda, no pude habilitar a nadie para que lo asistiera en mi lugar. Estábamos frente a frente. Sin esperarlo se levantó, pensé en gritar, pero ningún sonido salió de mi garganta. Quería huir de allí, pero el detenido bloqueaba la entrada. De repente, cayó de rodillas y cual niño pequeño empezó a llorar. Respiré hondo y me relajé, ahora si podía ejercer su defensa.

 

 

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