La soledad del abogado

Ramón Vigil Fernández · Madrid 

Cuelgo el traje en el armario y dejo la maleta junto a la cama del hotel. Tras enchufar el portátil, enciendo la bombilla para repasar los documentos antes de la comparecencia de mañana, pero mi cabeza está en otro sitio. No soy capaz de concentrarme y decido meterme en el sobre. Solamente puedo pensar en la reacción de mi pequeño cuando le dije que tenía que irme otra vez de viaje para trabajar. Delante de la puerta, me cogió con sus manitas la cara, me besó en los labios y me dijo: “papá, quédate. Estoy triste si te vas. Ya no quiero que seas abogado”. Esa coerción rompió todas mis defensas. Nadie me dijo que llevar la toga iba a ser tan duro. Llaman a la puerta. Mi mujer y mi hijo suben la cena. Hemos decidido que a partir de ahora, siempre que puedan harán los viajes conmigo.

 

 

 

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