Ella dicta sentencia

María Oliveira · Vigo 

Había hecho bien su trabajo. La petición de comparecencia quedaba, una vez más, a espera para su tramitación. El fiscal había objetado, como de costumbre, pero el caso estaba a su favor. De camino al hotel decidió parar a tomar algo. No fue difícil fijarse en ella. Llevaba el pelo recogido y sus labios eran de un rojo intenso. Intentaba fijar su mirada en la copa que tenía delante de él, pero sus ojos estaban clavados en el escote de la mujer. Un sin fin de miradas se cruzaron entre ellos y, pese a la distancia que los separaba, el perfume de la mujer ya había ejercido una coerción en su entrepierna. Se dispuso a beber un sorbo cuando uno de los camareros le entregó un sobre procedente de la mujer. Su reacción fue inminente, lo abrió y lo leyó sin demora: Me llamo Javier, pero puedes llamarme Susi.

 

 

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