El secreto de sus ojos

ISIDRO SILOS LILLO · MADRID 

La vi salir del hotel junto al Palacio de Justicia. Sus ojos eran verdes. Lo sé por lo cerca que estuvimos cuando ella buscaba confundida el sitio reservado al demandante. Llegamos a chocar frente al estrado. Su reacción quedó a medio camino entre el agobio sofocado que causa el vértigo del primer roce, y el ademán orgulloso de quien quiere aclarar que, pese a la vacilación, no es esa su primera comparecencia ante un Sala. Recibida la venia, colocó cuidadosamente su reloj sobre una vistosa compilación de normas deontológicas, de modo que pudiera verlo. Su cuidado por el tiempo, y esa evidente preocupación por las formas forenses contrastaban con el desorden eficazmente ordenado de sus papeles. Es bonito ver cómo aquellos destellos de mujer no claudicaban ante la coerción a que inevitablemente someten las grises maneras de un tribunal. ¡Que barbaridad!, estuve tentado de flirtear en mitad de la vista.

 

 

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