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Oihana Sanz Ruiz de Onraita · Gipuzkoa 

Cerré los ojos, me ajusté la toga en un gesto convertido en mi ritual particular. Caminé hacia la sala llevando conmigo el peso de la gran responsabilidad que tenía entre mis manos. Como atuendo la determinación, signo de todo el aplomo al que fui capaz de recurrir, que aun no reflejando mi estado interno real, había ensayado como si de una prescripción médica se tratara. Mis ojos buscaron los de su señoría como muestra del respeto que su posición le otorgaba. La fiscal me regaló media sonrisa vestida de empatía que me permitió respirar un poco de aire en el áspero clima cargado de polarización que se respiraba en la sala. Tomé asiento observando los miembros del jurado que tanto había estudiado junto a mi compañero días atrás. Entonces mi mirada encontró la de mi cliente ataviado de la vulnerabilidad de quien había depositado su vida en mis manos.

 

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