El testamento

Carlos I. Fernández Carbonell · Castellón 

Nunca pensé que se pudiera pasar miedo en una lectura de testamento. Así estaban todos mis familiares, tiesos como carámbanos, muertos de miedo. O, quizás, era algo que llevaba conmigo y me parecía percibir en cualquier circunstancia. Tenía vértigo ante la vida, ante sus tantas preguntas y tantas respuestas. Y echaba de menos a mi abuelo, el juez; a su seguridad, su rectitud; a su ternura oculta entre tanta jerga jurídica. Mientras el notario leía sus últimas voluntades y todos sus vástagos veían cubiertas o no sus expectativas, mi corazón voló hacia esa misma biblioteca en la que estábamos, recordando los momentos que pasábamos juntos, en los que yo les relataba mis miedos como haría un niño pequeño con su madre. En herencia me dejó una brújula. Estaba estropeada. Me colocara donde me colocara siempre señalaba hacia el mismo punto. A un lugar indeterminado en el centro de mi pecho.

 

 

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