Imagen de perfilPRACTICA VS. TEORIA

Esther González Rada 

Faltaba un año para la licenciatura cuando cometimos el disparate: casarnos. “Estáis idiotas, gilipollas”, estalló mamá al enterarse. Mientras acabábamos la carrera, iniciamos un leve caminar por bufetes y juzgados. Eso sí, rematando los días en la intimidad de las dulces sábanas. Pero pronto acabó la concordia y empezaron las guerras veinteañeras. Y dos enterados en Derecho pueden pasarse años teorizando sobre traiciones y lealtades en el matrimonio. Agotamos teorías y códigos, y pasamos a revisar expedientes de resoluciones judiciales. “Te lo advertí, hija, cada cosa tiene su época. Te has saltado la más elegante y productiva: la de conocer mundo, gente… A ver ahora qué hacéis”. Pues, tanto estudiar resoluciones judiciales, opositar a jueces y que el ganador decidiera las cláusulas del divorcio. “Ni hablar, Julián. No pienso esperar ahora a una magistratura”, le dije la noche que salimos a celebrar las judicaturas. “¿Y si probamos con un churumbelito?”

 

 

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