Imagen de perfilEL ABOGADO RIPIOSO

Maite R. Valtierra 

Había una vez un abogado ripioso. Guardaba su argumentario en un relicario. Atacaba la usura con premura. Hostigaba con versos a los abogados adversos… Su monomanía era la poesía. Que le encantaban los poemas era uno de sus problemas. Era un abogado de oficio sin beneficio, un mal litigador y peor versificador. En un juicio te sacaba de quicio. Si te tocaba con él litigar con coplas te iba a castigar. Hacía rima con grima, versos perversos y ripios con participios. Para cada alegación tenía su versificación y para cada tipo delictivo su verso correlativo. No le importaba una sentencia desfavorable si tenía una rima agradable, le gustaban los recursos para soltar sus discursos. Pero un día terminó su carrera cuando un abogado barato, novato, jipato, chorato, prognato, ciguato, beato, cegato, chirlato, mentecato, ingrato, mojigato, pazguato… terminó su alegato con «indio» y nuestro poeta no supo qué rimar.

 

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