Imagen de perfilGracias, señores de la Academia

Salvador Soler Campos 

Mis informes forenses eran envidiables, tanto como el prestigio de mi bufete; pero me sorprendió la invitación. Era excepcional, a mi edad, ser invitado a la celebérrima Academia, institución integrada por letrados eméritos. Su programa incluía una tertulia semanal, y la tradición exigía que cada neófito reconociera un error en el ejercicio de la profesión.
Tomé el micro algo nervioso:
– Mi cliente, narco arrepentido, recibía constantes amenazas de muerte de un compinche al que se negó a ayudar. Una noche disparó a la persona que trepaba el cerco del chalé. Resultó ser su hijo, que había olvidado las llaves. El fiscal pidió treinta años, y yo…
– Usted debió alegar legítima defensa putativa –interrumpió un eminente jurisconsulto-, el Supremo la estima en estos casos. Pero ya es tarde.
– O no –repliqué consultando el reloj.
Me dirigí raudo al juzgado. Mi cliente no probó el pan de la prisión.

 

 

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