Tradición navideña

Pablo Cid Lajo · Madrid 

“Yo maté a ese hombre, pero confío en que usted podrá conseguir mi absolución”, me espetó en el despacho. No me hacía ninguna gracia defender a un mafioso del Este de Europa acusado de asesinar a su rival y de arrojar el cadáver al cubo de la basura. Y por nada del mundo quería que un caso tan truculento empañara la felicidad navideña de Ana y los niños, que aún dormían. Lógicamente, no había podido pegar ojo tras oír anoche en el contestador: “por el bien de tu familia, no aparezcas el día del señalamiento”, pronunciado con un marcado acento italiano. A las ocho, Anita y Miguelón se despertaron: “¡Papá, Mamá, han venido los Reyes!” Mientras todos jugaban en el comedor, cogí un cuchillo y corté un pedazo de roscón para el desayuno. Le pegué un mordisco y de mi boca saqué un elemento extraño: un Rey Mago ensangrentado.

 

 

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