El hechicero

Antonio Anasagasti Valderrama · Cádiz 

Vi a aquel abogado de oficio, al que llamaban el mago, antes del señalamiento, en la puerta exterior de la sala. Agitaba nerviosamente una especie de cubo sonoro, algo más grande que un dado, en su mano derecha y farfullaba palabras extrañas, en una especie de trance. Un funcionario que nos observaba justificó su actuación porque mi defensor no había nacido en Europa y auguró mi absolución. Cuando la juez iba a dictar la sentencia y dijo: le declaro cu?, noté cómo mi letrado pinchaba una aguja en un muñeco que llevaba en el bolsillo. Al instante, la magistrada se agarró su garganta con las dos manos y, cambiando el tono de voz grave por uno meloso, me declaró inocente

 

 

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