A la americana

Maria Dolores Rubio de Medina 

Heredó del abuelo algo material, un amarillento mapa de Europa donde, de niño, se había entretenido marcando con chinchetas el avance de los aliados en la II Guerra Mundial y algo inmaterial, la pasión por defender imposibles. Primero logró la absolución de un asesino, luego de dos, más tarde de tres. Le apodaron el Mago. Comenzó a facturar a la americana, por horas. Con el señalamiento para el juicio, un pasante le entregaba el dossier, pulsaba un minutero y cerraba cuidadosamente la puerta a sus espaldas. Todo era silencio, el Mago había entrado en acción. Una tarde, alguien, medio gafe, tropezó con un Código Penal tirado en el suelo y se estrelló contra la puerta, abriéndola con estrépito. Una oleada de consternación recorrió a los senior, los junior y los becarios: sobre los autos de turno, con el minutero en marcha, el Mago intentaba recomponer un cubo de Rubik.

 

 

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