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Teresa Gª Giner · Madrid 

Cuando Margarita entró en su despacho, bellísima y arrogante, Don Ignacio valoró el privilegio que suponía para su bufete una cliente de esa categoría. Automáticamente se levantó de la silla y le ofreció la mano cortésmente.
Ella, con toda confianza, se acercó a Don Ignacio y le plantó dos sonoros besos en ambas mejillas.
-Te agradezco muchísimo Nacho que hayas accedido a atenderme tan pronto – comentó ella mirándole con curiosidad, mientras jugueteaba con su collar ¡Cuánto había cambiado su compañero de facultad en veinte años!- Sigues igual, la verdad- mintió piadosamente.
Don Ignacio también la miró. Sus años como estudiante de Derecho, sus compañeros, las aulas, la biblioteca , sus profesores, todo lo tenía relegado en el olvido. Todo, excepto a ella. De Margarita sí se acordaba. Seguía mintiendo tan bien como siempre. Sin duda haría una magnífica interpretación de su inocencia en el estrado. Si, como siempre.

 

 

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