SIN EXIMENTES

Elisa Berna Martínez · Zaragoza 

Cuando me pellizqué la oreja, comprendí que nada de aquello había sido un sueño. El zoquete del abogado, alegó en su defensa enajenación mental transitoria, y no reuní valor para escupirle mi verdad. Cuando me pellizqué la oreja, todavía estaba caliente su lado de la cama, y un nido de pirañas se agitaba en la herida que provoca el desamor. Por desgracia, el sistema es proclive a olvidar la soledad de la víctima. La ternura no suele ser prueba exculpatoria, y el afecto resbala del argumento final. Todo el peso de la Ley habrá podido caer en bloque sobre mí. Pero juro que cuando me pellizqué la oreja, supe que nada de aquello había sido un sueño. Su ropa, esparcida por el suelo, me observaba en silencio delatando mi coartada, y un reguero de sangre conducía, desde la puerta del piso hasta mi malherido corazón.

 

 

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