La ley y la trampa

Carlos Galan Vioque · Sevilla 

El caso no tenía defensa. Estaba perdido. Los hechos estaban claros y reconocidos por el cliente. La ilegalidad de su conducta era incuestionable. El bloque de normas aplicables no dejaban margen. No era el primer caso difícil, pero siempre en la soledad del despacho había encontrado un argumento, una excepción del sistema procesal, para defenderse. Ahora parecía imposible y el caso mordía mi mente como una piraña a su presa. No encontraba nada. Antes del juicio me reuní con él y comprobé que era una buena persona, pero inculta. Le pregunte por qué había cometido la infracción y respondió que desconocía que fuese ilegal. Le informé que una norma establecía que desconocer la Ley no excusaba de su cumplimiento. Tras un silencio, respondió que sinceramente tampoco conocía esa Ley. Quede atontado, como un zoquete. Tenía razón. Lo alegue en el juicio y con sorpresa el caso termino favorablemente.

 

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