In fraganti

María Presa Fernández · Bilbao 

Con diez años decidí que de mayor sería espía. Tenía que prepararme. Introduje en mi mochila una grabadora, unos guantes y chucherías por si el hambre hacía aparición. Como primer objetivo opté por mi padre, un hombre recto y ecuánime, nombrado recientemente juez del Condado. Le seguí hasta su despacho en el centro de la ciudad y mientras absorto firmaba sentencia tras sentencia me escondí entre sus ficheros. Tras dos tediosas horas de quietud y empacho que casi me hicieron desistir entró una joven letrada que se inclinó sobre la mesa al tiempo que mi progenitor se afanaba en desabrochar su blusa. Perplejo introduje la última gominola en mi abierta boca. Fue el acabose. Al ver sus enormes y turgentes pechos en manos de papá me atraganté. Se hizo el silencio, un silencio que duró lo que tardó en explotar, cual cohete sideral, un tremendo tortazo en mi mejilla.

 

 

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