El púgil

Miguel Horrach Munar · Palma 

Aquella sentencia era un mal trago incluso para un letrado con veinte años de experiencia como él. Nunca debió aceptar el caso de Dwight «Gominola» Slim, quien había conseguido aquel apodo a base de encajar golpes en el cuadrilátero doblándose de forma tal que le hacía parecer de goma. Su carrera, veloz como un cohete, se estrelló cuando el puño de hormigón de Guss Laguardia le hizo vomitar media docena de dientes. Inútil para el boxeo, probó en algunos trabajos de poca monta hasta que alguien le pagó 500 euros por asustar a un listillo. Una noche le pillaron fisgando en aquel despacho oficial, nunca fue un buen espía. Le acababan de caer 12 años. Sus palabras al otro lado del aparato hacía meses que no dejaban dormir al abogado. – A ninguno nos conviene que pase una temporada a la sombra, usted ya me entiende.

 

 

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