El precio de la soledad

María-Isabel Romero Soler · Elche (Alicante) 

El bloque de pisos era antiguo y se encontraba en el casco antiguo de la ciudad. Junto a la puerta del postigo tres letreros antiguos anunciaban los servicios de tres antiguos especialistas en sus respectivas disciplinas: dentista en primera planta, psicólogo en segunda y abogado en tercera. Rechazaba lo antiguo por sistema, pero necesitaba un buen jurista y le habían asegurado que éste era el mejor. “Es viejo pero no es ningún zoquete”. Una secretaria con ojos de águila y dientes de piraña abrió la puerta y la invitó a pasar. Tomó asiento en un sillón de piel antiguo y esperó al abogado. A los pocos minutos apareció un caballero antiguo, le tendió la mano y le pregunto en qué podía servirla. “¿Cuál es el precio de la soledad?”, preguntó la mujer. El avispado jurista sonrió. “La soledad elegida no tiene precio”, dijo. “Pues entonces hablemos de divorcio”, concluyó ella.

 

 

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