Dictamen secreto

Maribel Romero Soler · Elche 

Sacó de su bolso una gominola en forma de corazón y se la introdujo en la boca. Era la señal. Me acerqué a ella con un temblor incontrolable en las piernas, no sólo porque era la primera vez que me iba a dirigir a una espía sino porque jamás había visto a una mujer tan bella. —Tome la sentencia, letrado —me dijo bruscamente—. Información de primera mano, la acaba de firmar el juez. —¿Nadie la ha visto? —pregunté con un hilo de voz mientras abría el sobre. —Soy una profesional —contestó con una sonrisa seductora que todavía hoy llevo grabada a fuego en mi memoria. Le entregué el maletín y desapareció de mi vista a la velocidad de un cohete. Allí me quedé absorto, observando el ritmo acelerado de sus tacones de aguja, acariciando el dictamen que en pocos días, sin ella saberlo, la conduciría directamente a la cárcel.

 

 

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