ABSOLUCIÓN

María Teresa Martín González · Granada 

Su Ilustrísima miró de reojo, pero no con ese rictus que solía adoptar cuando los abogados le exponían sus argumentos, sino que aquel día, la mueca formada en su rostro decantaba una ligera sonrisa. No es que no supiese interpretar cada uno de los toqueteos insistentes del lápiz sobre la mesa, pero el zoquete de su cliente merecía ser defendido tal y como establecía el sistema aunque fuese en aquella situación absurda. Comenzó su informe tras el bloque formado por varios códigos con las últimas reformas en fotocopias haciendo las veces de marcapáginas. Y en esa soledad en la que se encuentran los que tienen que defender lo indefendible, continúo exponiendo con temple y gesto seguro, como el hotel nunca había informado que los “animales de compañía” no podían hacer uso de la piscina, mientras que observaba resignada la foto del socorrista con una piraña enganchada en sus partes nobles.

 

 

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