Mario y María

Isidro Catela Marcos · Madrid 

Mario la conoció en el parking de la Facultad de Derecho. Ella llevaba una multa en el parabrisas y él se ofreció para recurrirla. María no aceptaba fácilmente injerencias en su jurisdicción y, sin embargo, enseguida le dijo que sí. Ella quería ser juez y él no sabía lo que quería, así que se casaron, tuvieron dos hijos, un perro y un bono para pasar los domingos en un centro comercial. De lunes a sábado, sostenían un modesto bufete compartido, en una habitación del hogar. Mientras Mario defendía a un cliente condenado por malversación de fondos, María cambiaba pañales. Y viceversa. Al final del día, callaban. A veces, entregados a un irrelevante magacín de morbo rosa, y a veces frente a sus respectivos ordenadores, como dos espectros que, entre atenuantes y eximentes, añoraban aquellas noches en las que gracias a la televisión se quedaban dormidos en la misma habitación.

 

 

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