Edipo

Miguel Paz Cabanas 

Lo vi años después de aquel puñetazo en la escalera de los juzgados. Fue él quien me identificó y me requirió lanzando gritos. Estaba irreconocible, parecía un espectro medroso, había perdido toda su grandeza. Me saludó con nostalgia y evoqué su imagen de policía duro, su pelo ensortijado, las multas que endosaba a los pardillos que aparcaban en su jurisdicción. ¡Cuánto tiempo!, exclamó como si hubiésemos combatido en Verdún. Lo miré largo rato, sabía lo de su expulsión del cuerpo por malversación de fondos y otros chanchullos infames. Le dediqué una sonrisa despectiva y me fui calle abajo, con algo parecido a una sensación triunfal. ¡l era un fracasado y yo un abogado de éxito. Pero horas más tarde, recordando la vieja humillación, pensé dolorosamente que era aquel día, a pesar de la derrota y el morbo de la sangre, cuando tenía que haberme enfrentado a mi padre.

 

 

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