Señoría II

Eduardo Morena Valdenebro · Madrid 

Cerró la carpetilla, guardó el pequeño cojín y salió de la sala como había llegado, suscitando murmullos de aprensión. Así era él, inmutable, impredecible, con el alma embozada en la negritud de su toga. Sobre el escritorio de su despacho encontró un paquete con matasellos de nacionalidad desconocida. Mientras avivaba el fuego de la chimenea volvió a mirarlo intrigado. Se acercó y rasgó el envoltorio dejando al descubierto aquel botijo de un blanco impoluto, como recién moldeado. Al sopesarlo, notó que algo macizo chapoteaba dentro e instintivamente lo soltó con gesto de repulsión. En sus conclusiones su señoría expuso: “el agua, filtrándose por los poros de la arcilla y evaporándose en contacto con el ambiente exterior, produjo un enfriamiento…” La explicación no resultaba muy didáctica, pero… revelaba cómo la cabeza de aquella mujer, ejecutada meses atrás por decisión suya, se había conservado en tan buen estado. Aún parecía una diosa.

 

 

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