Mario Chaparro Yedro

Microrrelatos publicados

  • The Master

    De niño le daba por caminar contando los terrazos rotos de las aceras. Deleite de la mocedad. También por leer y dar largos discursos aturullados en la intimidad. Pero, sin duda, fue después de ver esa película en blanco y negro, de tochos de expedientes judiciales y pelucas burlescas, cuando decidió que quería ser abogado. No por el atuendo, que también le impresionó, sino por cómo actuaba esa gente, cómo hablaban, por cómo se colaban por cada recoveco de la ley, como una sagaz comadreja en su madriguera. Él también quería salir de ella para jugar. Quizás por eso, uno de los momentos más felices de su vida, más que sortear ileso aquella traición amorosa, más que lucir nuevamente elegante frente al altar, es cuando obtuvo su título de Derecho. A él no se lo regalaron, lo ganó con vocación y sentido del deber. Todavía lo mira hechizado a diario.

    | Abril 2018
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     Votos recibidos por la Comunidad: 7

  • De Alfonsito a D. Alfonso

    La fatiga empezaba a subirse por las rodillas. Había que echarle valor para estar allí, con todo quisqui esperando a que el notario llegara. No recuerdo cuándo fue la última nochebuena que nos juntamos todos, pero ahora no faltaba ni uno. Hasta los más pequeños. Y todo por una herencia.

    Entró un tipo serio. No parecía de la familia, aunque yo ya no conocía a muchos. Era el notario. Soltó la típica perorata jurídica. Sonaba a ampulosidad y redundancia, pero todos asentíamos con la cabeza, aunque no entendiéramos ni media. Que si la legítima, que si pérdida, que si yacente, que si litigar. Lo dicho, ni papa.

    Pero todos queríamos lo mismo: que llegara el turno de la finca y dijera nuestro nombre.

    Alfonso Sánchez Sánchez, dijo con voz pontifical. Joder, ese no era de la familia. Era su cuidador, su centinela personal. El único que escuchó su último suspiro.

    | Febrero 2018
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  • Estrategia de andar por casa

    Llegaba tarde a la oficina y por eso cogí un taxi, como si intentara enmendar la plana de mi incumplimiento. Como una especie de absolución sacramental. Ingresé por la puerta principal del edificio, acalorado, exaltado, y más aún tras comprobar que se me había olvidado en casa la tarjeta de acceso. Disimulando me dispuse a ejecutar lo que alguna vez oí en los corrillos de los abogados más bisoños: el torno de seguridad de la derecha se abre sin necesidad de pasar la tarjeta. Funcionó y entré. Me sentía como un maleante. No como ese engominado que acaba de leer en el móvil que iban a enchironar por no sé qué delito contra la Hacienda Pública, sino como un presunto delincuente de medio pelo. Entré en el ascensor, junto a un socio y su fiel feligresía. Al salir me tropecé con un taburete. Rieron disimuladamente, pero no lo suficiente…

    | Julio 2017
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