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Ángel Pérez Martínez 

Sepa que si usted me defiende le estaré eternamente agradecida. Mis intenciones fueron honorables. Tuve que deshacerme de él, aunque su amor por mí era sincero. El único tejido que le pertenecía —y que encontraron— estaba limpio. Fui entrenada paso a paso para no dejar ninguna pista, nada visible a los ojos de los demás. No tenía nada contra él y será difícil que alguien lo comprenda, sobre todo cuando todo esto sucedió después de un apasionado encuentro. Mis razones son trascendentes y le aseguro que él conocía el riesgo. Hay que preservar el derecho de cada uno, seguro que también a usted le enseñaron esto en la facultad, y aquí hay una justicia que hasta Ulpiano reconocería. Y aunque no compartimos los mismo mentores, las mantis religiosas confiamos en que los de su especie tienen el mejor conocimiento bibliográfico, señora polilla.

 

 

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