Imagen de perfilGran Circo Mundial

José Ignacio Rodríguez García 

El hombre más fuerte del mundo se sentaba en el banquillo de los acusados. Sus enormes glúteos, que logró fortalecer con mancuernas, apenas se mantenían sobre él. Se le acusaba de aplastar al enano del circo, punto que él negaba. “¡Era mi amigo!”, sollozaba. Tras él, diversidad de criaturas presenciaban el juicio: la mujer barbuda se enjugaba las lágrimas, los trapecistas parecían rezar, el funambulista desprovisto de esa característica seguridad en sí mismo. A pesar del brillante alegato del abogado, las pruebas eran concluyentes. ¡Se había visto al acusado abandonar la escena del crimen! Con un afectado gesto de responsabilidad, el juez descargó el mazo. ¡CULPABLE! Los artistas protestaron airadamente mientras los alguaciles se llevaban al reo. El juez también abandonó la sala de modo urgente, momento en el cual se quitó la careta. Bajo la toga, taimado, acechaba Giacomo Mascherati, maestro del disfraz. Dios, cómo odiaba a ese enano.

 

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