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Cristian Hernán Serrano 

Hoy lo encontré sentado sobre aquella piedra. Sereno. Con su caña de pesca y moviendo los labios,por horas, frente al mar.
Recuerdo el relato.
Su hijo amaba esa playa, ese mar. Odiaba que tiraran plástico por doquier y que, a pocos metros de allí, el vertido cloacal ingresara impunemente en el agua. -Era un bromista lleno de vida- me dijo -Quería conservar este espacio idílico para él y para sus futuros nietos-
Fue asesinado en una gresca incomprensible, por una lucha ecológica desigual. Yo hice una férrea acusación en aquel juicio. Él conservó la calma, a pesar de ese dolor embravecido que le brotaba de su pecho de padre despojado.
La misma calma que tiene hoy, en el acantilado. Me dijo que Mariano, cada tanto, se le aparece, risueño, entre la espuma del oleaje, para decirle: -¡Papá…! Mi juicio fue justo y tu anzuelo, como siempre, ¡je!… está vacío-

 

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