A confesión de parte…
Carlos Enrique Ayala Gómez El primer lugar en la escuela de leyes. Becario en universidad de la Liga de la Hiedra. Pasante en bufetes de la élite anglosajona.
Una carrera excepcional y aunque siempre apunté a lo más alto no me imaginé jamás ser elegido para encaramarme al Olimpo y ejercer la defensa de una dulce ninfa.
Se trataba de Eco, a quien su voz no le servía sino para repetir la última palabra ajena que oyese. Este había sido el injusto castigo impuesto por la diosa Hera en uno de sus habituales raptos de ira animal.
Fue nada más empezar con mi exposición oral para advertir prontamente que persuadía al olímpico jurado. Para revertir la condena, apelé con éxito a todos los recursos jurídicos tanto del legado humano como del divino.
Finalmente, el juez con voz grave interpeló a mi defendida:
Se declara usted inocente o culpable.
— Culpable, culpable, culpable: sentenció Eco.
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Tu relato es una lección de mitología, además de una apuesta original y hasta divertida, no tanto para la pobre Eco, condenada de antemano por su naturaleza; lástima que el juez no hiciese la pregunta al revés: culpable o inocente.
Un saludo y suerte, Carlos
Muchas gracias Ángel.
La dulce ninfa cayó víctima de su propia maldición. Me hace reflexionar acerca de lo que nos esforzamos los Letrados en defender a nuestros clientes, para finalmente caer derrotados por culpa de ellos mismos. Me ha gustado tu microrrelato y por eso te concedo un voto. Un saludo.
Muchas gracias Francisco.
¡Ay, pobre Eco!
Al leerlo he pensado lo mismo que Ángel: si el juez hubiera hecho la pregunta al revés, otro gallo le cantara.
Mi voto y un saludo, Carlos.
Muchas gracias Ana María.