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Marta Trutxuelo García 

Era su último día. El asociado más longevo y ecuánime del bufete se jubilaba. Adalid de la discrección y la moderación, el homenajeado, ataviado con su característica toga, recibió el regalo con el que le obsequió la empresa: una balanza de oro flanqueada por dos grandes cestas repletas de presentes navideños. “¡Qué decepción!”, recriminó el viejo letrado ante el asombro de la audiencia; “los turrones y el cava no perduran en la memoria. Menos mal que algunos compañeros han pensado en algo sin fecha de caducidad”, añadió el magistrado guiñando un ojo al sector más joven del bufete. De una patada mandó a hacer puñetas las cestas y el recién jubilado procedió a abrirse la toga emulando con su gesto a Superman: “Pero gracias por la balanza, así siempre recordaré lo importante que es la justicia”, dijo mostrando el tatuaje de la diosa Temis en su torso.

 

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