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Juan José Castillo Peñarrocha · CASTELLÓN 

Envuelto en un mar embravecido, Qadir agita desesperadamente sus brazos, sus piernas, su alma si pudiera, e intenta mantenerse a flote, el tiempo necesario, al menos, para que unos brazos amigos le agarren a la vida y consigan sacarlo del agua, vivo todavía.
Tiene cuatro años. Salió hace un tiempo de su pueblo pero no lo recuerda. Su pequeño pasado es tan leve que no puede ayudarle a comprender nada. Sólo recuerdos aislados: ese aroma de especia tan familiar que a veces se entrecruza. Algunos rostros. Muchos fusiles. Miedo.
La tarifa para embarcar es tan elevada que sus padres han decidido no abandonar el continente e izar sólo a Qadir.
Sin sistema electrónico de navegación y combustible para once millas, Lampedusa queda muy lejos. Quién sabe dónde.
Pero el poder de la vida prevalece: Cristóbal, abogado, voluntario de Proactiva Open Arms, alcanza a nado a Qadir y le abraza.

 

 

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