GARANTíAS PROCESALES

Ferran Varela Navarro · BARCELONA 

Estaba sentado en una mesa de chiringuito, cuando el viento arrastró una carta hasta mi regazo. Era una cédula de citación de la Corte Celestial. Para esa misma mañana. A mi nombre. La sorpresa me atragantó la cerveza y morí agarrándome el cuello. Seguí la luz al final del túnel y, allí, entregué el carnet de identidad a un oficial que me aseguró que enseguida entraríamos en sala. “Enseguida” tardó tres horas en llegar. Su Señoría, a quien identifiqué por los puñetes en la toga y porque era un triángulo con un ojo, me indicó que se me acusaba de defender en innumerables ocasiones a criminales y pecadores. Me defendí alegando que no reconocía la competencia de un juzgador que era a la vez legislador, testigo y verdugo, y cuyo arbitraje irrecurrible favorecía a una religión por encima del resto. Gané. Ahora soy Abogado de Oficio en el Cielo.

 

 

 

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