Victoria

Luis Calvo Costa · Shangai 

Pensó en la reforma de la casa, en el catarro de los niños y los domingos en el pueblo. Sin poder evitarlo, se le apareció a continuación la enorme biblioteca que devoraba cada verano con la bombilla de mate bien cargada a su lado. Antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba pasando, recordó el olor del campo en noviembre, cuando las setas empiezan a asomar entre las piedras, y los premios de mus que había ido acumulando sobre la chimenea. En unos instantes ya era tarde para evitar la riada de recuerdos y sensaciones que le separaban cada vez más de su meta. Quiso luchar, pero pronto había perdido cualquier jurisdicción sobre sus propios pensamientos. Las palabras se escaparon alegres, como mariposas: “Lo siento, pero no me interesa ser socio”. Todos en el despacho se quedaron lívidos menos él, que, por primera vez en años, sonrió aliviado.

 

 

 

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