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Alicia De La Puente Cobacho · Sevilla 

Sacudió la cabeza, como desaprobando lo que estaba a punto de suceder, y a continuación el juez de guardia lo mandó al calabozo.

Poco antes me había dado una llave y pedido su neceser -anticipando el temporal- así que me encaminé hacia su casa y entré.

Camino del baño, advertí una pared repleta de papeles clavados con chinchetas y me detuve a observarlos.

«¡Madre mía!» – exclamé para mí misma. Todas las fechas de las últimas muertes cuadraban con los números manuscritos. ¿Y si de verdad era el asesino?

Un calor repentino invadió mi cuerpo al comprobar que el último crimen, el de la barra de hierro, se describía a la perfección en una de las notas.

Logré llegar al lavabo, autoconvenciéndome con sus palabras: «Seré encausado por predecir hechos y avisar».

Ya en el coche, encendí la radio y suspiré, entre aliviada y apenada. Habían encontrado otro cuerpo.

 

 

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