UN ABOGADO JOVEN
CARMEN ANDREY MARTINTras unos interminables minutos para meter la clave de acceso, la pantalla me muestra imágenes alternas de juez y secretario, intercambiando palabras indescifrables tras las mascarillas, el rictus serio del fiscal y una compañera contraria de ojos impacientes. Qué pena no poder darle un apretón de manos al llegar, como siempre.
Mientras ella tiene el turno de palabra me permito evadirme. Apenas tres años para jubilarme… ¿Quién me manda a mí? El hijo de un amigo, menores de por medio, el confinamiento y, dada la urgencia de la causa, el señalamiento de juicio telemático. «Para facilitar la custodia», «Será igual de eficaz», me dijeron. ¿Cómo negarme?
Después de intervenciones con habla robótica e imágenes congeladas a intervalos, lo cierto es que logramos alcanzar la paz. Visto para sentencia. Mi memoria viaja entonces a mis primeros (e inexpertos) años de ejercicio. Cuántas sensaciones casi olvidadas… Vuelvo a sentirme un abogado joven.
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Me está sonando mucho tu historia. Y mira que me gustan poco los nuevos hábitos que se están imponiendo desde que los juzgados «reanudaron» su la actividad. Gracias por contarlo. Inauguro tu marcador.
Lo último es anquilosarse, permitir que triunfe la desconfianza hacia todo lo nuevo, a lo que da pereza y hasta reparo abrirse. Todo oficio requiere de un reciclaje de adaptación. En estos tiempos víricos que nos han tocado y nadie imaginaba exigen protocolos muy diferentes a los acostumbrados. Tu protagonista, cercano a la jubilación, tiene que hacer un esfuerzo para no quedarse atrás. Sin embargo, siente al mismo tiempo que, al modernizarse (no le queda otra), es como si volviese a empezar, ese joven abogado que acometía sus primeros casos.
Un relato simpático y muy humano. Es difícil no identificarse con este profesional veterano.
Un saludo y suerte, Carmen
La» nueva normalidad» nos está complicando un poco las cosas , verdad Carmen??. Un tema de plena actualidad, y un relato bien contado.
Mi voto y un abrazo.
Hay que ponerse al día .Es un no parar. Los tiempos cambian que es una barbaridad.
Lo de las palabras indescifrables, el habla robótica y las imágenes congeladas quedarán como anécdotas para contar a los nietos.