Amor de madre

Miguel Ángel Gayo Sánchez · Sevilla 

El amor de madre es inconmensurable. Así que allí se presentó la mía, sin avisar. Me estrenaba como letrado y, una vez más, no se pudo contener las ganas. “Mamá, estate calladita”, le avisé. Como si nada. Cuando un testigo ratificó el escrito de su declaración y arruinó mi defensa, a mi madre le subió la calentura. “¡Miente más que un soldado en un burdel!”, gritó como una loca. Incluso meneó el bolso tratando de atizar al testigo. Fue entonces cuando el juez ordenó su desalojo. Pero mi madre es dura de pelar. Arañó al agente judicial, descamisó al vigilante…. “¡Ayúdame, Josito. No te quedes embobado!”, gritó alzando una silla. Pero yo me hice el distraído. Y es que recordé sus broncas a la salida del colegio, las apariciones estelares en el instituto, su espionaje durante la Facultad. –¿Por qué llora usted? –me preguntó el Juez. –Es la alergia, señoría.

 

 

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