EMULANDO A PROTÁGORAS

Salvador Soler Campos · ELCHE 

El día que terminé la carrera, mi novia sugirió que nos casáramos y tuviéramos un bebé. Cierto que nuestra relación iba para diez años, pero ahora que había ingresado yo en un bufete, y disponía de algún dinerillo, deseaba alargar mi soltería. Ensayé frente al espejo: “¡cariño, más adelante!”, no sirvió. Incluso la tenté: “con el tiempo tendremos más recursos”, pero no la movía el lucro y no cejó en su particular persecución: el casamiento. Al fin la convencí diciéndole: “Mi vida, te lo prometo: en cuanto gane el primer juicio nos casamos”. Aceptó. Cuando regresé al bufete supliqué encargarme de las causas perdidas, y al cabo de dos años aún no había obtenido sentencia favorable. Sin embargo mi novia, oliéndose el percal, acabó poniéndome un pleito para que cumpliera mi promesa. “Si gano -me dijo-, tendrás que casarte; si pierdo, habrás ganado tu primer juicio”. ¿Me pilló?

 

 

 

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