EL INDULGENTE

Kalton Bruhl · Honduras 

Johann Tetzel, sonreía, seguro de poseer la clave del triunfo. En cada ciudad hacía amistad con los letrados. Éstos le brindaban, a cambio de una comisión, informes sobre las personas que eran investigadas por la Inquisición y él les ofrecía sus indulgencias, las que tenía disponibles para un amplio menú de pecados. Siempre advertía a sus clientes, que de no comprarlas, su único destino sería la hoguera. El pleito era contra uno de esos clientes, el cual, tras pagarle, le había robado, dándole además una paliza.
El acusado se dirigió a Tetzel y le preguntó, si le había vendido varias indulgencias, incluyendo una para pecados futuros.
“En efecto”, respondió Tetzel.
“El robo y la golpiza”, dijo el acusado, “eran los pecados que pensaba cometer cuando compré la indulgencia. Si la indulgencia es buena, entonces ya están perdonados.”
Tetzel palideció y, mientras la sala estallaba en risas, retiró los cargos.

 

 

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