Buñuelos con trampa

Teresa Arpal García · Caspe (Zaragoza) 

De niñós, en los sesenta, no sabíamos lo que era un gourmet, pero reconocíamos un buen bocadillo. En los recreos engañábamos el apetito con pan y mortadela. Ignorábamos lo que era la crisis, aunque la padeciéramos. Sólo uno traía fiambrera con buñuelos. Ojos envidiosos hacían diariamente apelación a su generosidad, mas él engullía sin tregua. Una mañana de invierno la fiambrera desapareció. Interrogaron a toda la clase, amenazándonos incluso con los calabozos del Juzgado. Ese día no tuvimos ni frío ni hambre. Clase tras clase se nos pedía confesión y arrepentimiento; un muchacho, incapaz de soportar la angustia y el miedo al castigo, cantó; lo expulsaron. Años después, en el velatorio del propietario de la fiambrera, supimos que la misma nunca salió de su casa. Dijeron también que el desdichado había muerto de indigestión tras hartarse de buñuelos, lo había invitado un antiguo compañero del colegio de primaria.

 

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