Amargo sabor de boca

Poliana Ponte Díaz · Madrid 

Inocencio Valcárcel, inspector alimentario, se suicidó, según el informe del forense. Cuando hallaron el cadáver en su salón, sin trazas de violencia y vestido de gala, en el bolsillo derecho de su chaqueta había una nota con, al parecer, una lista de la compra, vino, arroz, verdura, soja, salmón, y una c huérfana escrita con trazo rápido. En el lugar del suceso la mesa para un solo comensal seguía puesta.
Ni rastro ni huellas sospechosas.
Tras confirmar el perito grafólogo que la letra de la víctima era auténtica, la fiscal que llevaba el caso rió victoriosa; el veneno con que sazonó el sushi aquella primera cita fue fulminante, apenas le dio el beso de Judas.
Respiró hondo, sacó su pluma y escribió con experta maestría la palabra inacabada… cicuta. Cerró los ojos para disfrutar de ese momento escalofriante: paladear la Injusticia sin más cargos que el de su conciencia.

 

 

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