Desquite

Rafaela Lillo Moreno · Alicante 

La mujer con los ojos nublados por el odio y la locura, atravesó la calzada y se introdujo en el Palacio de Justicia. Consideró las consecuencias y sonrío. Estaba decidida. Veinte años y un día arrastrando una equivocada culpa por diversas cárceles del país, asqueada de aquel olor a mugre, a sopa de col y calabaza, sin otro recurso para sobrevivir que alimentar un ajuste de cuentas del mismo calibre que su castigo, era la razón que la había llevado a aquel estado. Se lo había prometido a sí misma cuando cruzó el puente que la llevaba de la libertad a la cloaca, y lo iba a cumplir. Llegó ante la sala, se ocultó y esperó anhelante el momento de ver aparecer al juez, de decirle, mientras su mano teñía de rojo el cuello del Magistrado: ahora lleva usted razón, ahora ya no soy inocente.

 

 

Queremos saber tu opinión