Durmiendo

Miguel ¡µngel Arques Antón 

La testigo yacía en el estrado roncando como una marmota. No había nada que hacer, era narcoléptica. El juez se mostraba indeciso: esperaba a que se despertase, la retiraban hasta que volviera en sí o la agitaban un poco a ver si… La abogada defensora paseaba inquieta arriba y abajo, los zapatos nuevos la estaban matando, tenía que darlos de sí para la boda del sábado. El acusado, sentado en una silla de madera, se sujetaba la tripa con ambas manos, las tostadas con mermelada no le habían sentado bien. El fiscal, simulando que calculaba el monto de la fianza, hacía números para ver si podía comprarse aquel chalé tan bonito. La testigo abrió un ojo y miró a su alrededor sin que nadie se percatase: vio al juez, a la abogada, al acusado, al fiscal, cada uno en sus cosas. Y decidió que lo mejor era seguir durmiendo.

 

 

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