Salvajes

Carlos Moro Valero · Boadilla del Monte (Madrid) 

El dolor del fiscal se filtraba entre los tablones del precario Juzgado. Las víctimas del salvaje ataque parecían ahora más indefensas que nunca. El alegato final del abogado defensor, lento como una tortuga, fue determinante para la exculpación de los criminales de felina mirada. El feroz leguleyo esgrimió que, en tanto no hubiere un indicio del fin de la demoledora lluvia no sería posible condenar al destierro a los hambrientos criminales. Uno de ellos esbozaba una media sonrisa bajo sus bigotes, en tanto que el otro, de negro pelaje, frotaba su blanca patita que, en cierto modo, se asemejaba a un lustroso calcetín. Finalizado el proceso, presas y cazadores, roedores y felinos, vuelven a sus compartimentos. Noé, iza las velas, el arca sigue su rumbo.

 

 

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