Justicia ciega

Diego José García García · La Coruña 

El Fiscal esgrimía aceleradamente los indicios que existían contra mí en su alegato: «Conducción temeraria bajo la lluvia, exceso de velocidad sin ni siquiera utilizar los sistemas de alumbrado y, en definitiva, demostrando un absoluto desprecio por la seguridad vial» exclamó para concluir. Y yo ni siquiera podía motivar mi conducta por la apresurada huida de una cama ajena. Mi única salida era la de la tortuga: sólo me cabía esconder la cabeza entre las piernas y esperar que, Su Señoria al regresar aquella noche a su casa, no viera mi calcetín debajo de su cama.

 

 

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