Inocente

Kebi Jiménez Rodríguez · San Sebastián 

Mi abogado pasará pronto a recogerme. Dice que no me preocupe, que esto está hecho: no hay indicio alguno que me inculpe. Dice también que su alegato es brillante y nadie podrá dudar de mi inocencia, la vista es un mero trámite y esta noche lo celebraremos por todo lo alto. Mientras le espero me visto lentamente, con la parsimonia de una tortuga: abrocho mi cinturón, los botones de la camisa, anudo la corbata. En el taxi, camino del Juzgado, mi abogado no para de parlotear, eufórico, exultante. Pero yo apenas le escucho: la lluvia empaña los cristales de la ventanilla y al otro lado, como un espectro que circulara a la par que el coche, veo la cara inerte de la niña, y unas manos que oprimen con fuerza un calcetín en torno a su cuello. Son mis manos, claro. Y mientras, mi abogado sigue insistiendo: esto está hecho.

 

 

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