El parto

José Ignacio Señán Cano · Madrid 

El ginecólogo tenía razón. Estábamos fuera de plazo y no debíamos retrasar más el parto. En el despacho habíamos trabajado a destajo para conseguir las pruebas documentales, pero el tiempo se nos había echado encima. En la sala pequeña de firmas, agarrada a las manos de Paco el adjunto de civil y de Maite la becaria de internacional, empujé con todas mis fuerzas mientras resoplaba entrecortadamente. Los folios del alegato definitivo, pidiendo una resolución exculpatoria fueron saliendo expulsados como panfletos de una ciclostil. El documento final, que salió con fórceps y gracias a la ayuda de un procurador de la casa, fue la declaración de impuestos de los últimos cinco años, que presentábamos como prueba testifical. Después del parto quedé completamente exhausta. Cada vez me cuesta más preparar los juicios y documentarlos. Creo que pronto tendré que dejar la profesión.

 

 

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