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María del Mar Suárez Sanabria 

Llevo tres días sin dormir intentando documentar mis alegaciones. De vez en vez me acerco a la mirilla de la puerta para comprobar que sigue ahí. No pienso perdonar nunca a mi expareja y a su red de contactos que me encumbraron como la mejor abogada de la década en las redes sociales. No concibo otro motivo para que ella esté parada sobre el felpudo en la puerta de mi casa. Cansada de tan abusiva presencia abro la puerta para negarme a su petición. Aunque ella no puede verme la miro fijamente. El corazón se me rompe ante semejante escenario. La venda de sus ojos consumida como ella. La balanza descalabrada. La espada oxidada.

A sus pies una súplica: ¡Defiende a la JUSTICIA!

Murmuro: ¿Por qué yo?

Y entonces creo entender:

-Porque eres como tu padre. El poder no te puede comprar.

 

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