A MI ABOGADA

Ignacio Rubio Arese · Moralzarzal, Madrid 

A mi abogada le gusta trascender la realidad. Cuando se mete en la bañera, viaja a los mares del sur. Con el reintegro de un décimo, se construye tres castillos. Y hasta una huelga de autobuses la sirve de pretexto para desplazarse en dragón al bufete. Esta tarde, a las siete, vence el plazo para interponer mi recurso de suplicación. La llamo a las dos y media. Imposible localizarla. Su secretaria me explica que, tras tomarse unos dátiles de postre, se ha largado a los oasis de Wadi Shab.–¡No te preocupes!–añade–. Entregará los documentos sin demora. Al poco escucho unos golpes contra el cristal del ático. No me sorprende verla ahí, encaramada a una alfombra. Me tiene acostumbrado.–¡Rápido, sube! –ordena autoritaria. Lo que no podía imaginar era encontrarme a Aladino sentado a su izquierda, con la lámpara lista por si hiciese falta hechizar al juez

 

 

 

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